Hay frases que uno elige y frases que terminan eligiéndolo a uno. «Confianza que inspira» comenzó como una línea para acompañar mi nombre, y con el tiempo describió —mejor que cualquier otra— la forma en que entiendo mi trabajo.
La confianza no es un adorno en medicina. Es la materia con la que se trabaja cada día. Cuando alguien llega a consulta me entrega bastante más que un oído que zumba o una nariz que dejó de respirar bien: me entrega su preocupación, su tiempo y, con frecuencia, algo de miedo. Y cuando hablamos de cirugía facial, me entrega también su rostro, que es lo primero que el mundo ve de él.
Por eso la palabra confianza aparece en mi trabajo en tres tiempos distintos. Cuando digo «Confianza que inspira», hablo de los tres a la vez.
La confianza que recibo
La primera es la que un paciente deposita en mí. Llega porque alguien se lo recomendó, porque leyó algo, o simplemente porque ya no aguanta el síntoma. En ese primer momento la confianza es todavía frágil: está hecha de esperanza más que de evidencia.
Mi tarea es cuidarla. Eso significa escuchar el motivo de consulta completo antes de proponer nada, explorar con calma y explicar lo que encuentro en palabras que se entiendan. Significa también decir lo que un caso necesita aunque no sea lo que el paciente esperaba oír —incluyendo, cuando corresponde, que el problema no es quirúrgico, o que conviene esperar, o que el caso le toca a otro especialista—. Una recomendación honesta cuida la confianza mucho mejor que una que solo busca agradar.
La confianza que me inspira
La segunda es la que necesito para operar y para tratar. Ningún médico opera desde la duda. Para proponerle a alguien una rinoseptoplastia, una cirugía de oído o un procedimiento facial, necesito una base firme debajo de mis manos. Esa base se construye con tres cosas que sostienen toda mi práctica.
La primera es el rigor científico: estudiar el caso a fondo, apoyarme en la evidencia disponible y mantenerme actualizado, porque la otorrinolaringología y la cirugía facial cambian con rapidez. La segunda es la innovación tecnológica: contar con el equipo de diagnóstico y quirúrgico adecuado, y saber usarlo bien, porque una buena técnica con la herramienta correcta protege al paciente. La tercera es la sensibilidad estética, especialmente en cirugía facial: entender que detrás de cada estructura anatómica hay una cara que pertenece a una persona, con su historia y sus rasgos, que merecen respetarse.
Cuando esas tres cosas están en su lugar, la confianza deja de ser una sensación y se vuelve criterio clínico. Es la diferencia entre creer que algo saldrá bien y tener razones para sostenerlo.
La confianza que devuelvo
La tercera es la que un paciente recupera al final. Es, en realidad, el objetivo de todo lo demás.
Tiene muchas formas. A veces es la persona que vuelve a respirar por la nariz después de años y duerme una noche completa. A veces es quien recupera la audición y vuelve a participar en una conversación sin pedir que le repitan. A veces es alguien que se mira al espejo y, después de una cirugía facial, se reconoce con tranquilidad. La confianza que devuelvo no siempre se ve en una fotografía; muchas veces se nota en cómo la persona vuelve a moverse por su propia vida.
Ese es el cierre del círculo. La confianza que recibo me obliga a estar a la altura; la confianza que me inspira me da con qué responder; y la confianza que devuelvo es la prueba de que el trabajo valió la pena.
Por qué lo escribo
No comparto esto como una declaración de principios para colgar en la pared. Lo escribo porque creo que un paciente tiene derecho a saber desde qué lugar lo va a atender su médico, antes incluso de la primera cita. Si vas a ponerte en manos de alguien para algo tan personal como tu salud o tu rostro, conviene que sepas cómo piensa.
Que la confianza fluya como el aire al respirar.
Confianza que inspira.