En 2026 el torneo de selecciones regresa a la Ciudad de México, y con él vuelve un protagonista silencioso: la altitud. El Estadio Azteca se ubica a unos 2,240 metros sobre el nivel del mar, una cota a la que el aire se comporta de manera distinta y a la que el organismo humano responde con una serie de ajustes notables. Para el aficionado local, habituado a vivir en esa altura, el efecto pasa inadvertido. Para el deportista que llega desde el nivel del mar, el cuerpo entra de inmediato en un proceso de adaptación.
Este artículo describe qué ocurre en el organismo al competir en altitud, cómo se adapta a lo largo de los días y qué papel desempeña la vía aérea superior —el territorio del otorrinolaringólogo— en ese proceso.
Menos presión, menos oxígeno disponible
Conviene aclarar un punto que suele malinterpretarse. El aire de altura conserva la misma proporción de oxígeno que a nivel del mar: cerca del 21%. Lo que cambia es la presión barométrica. En la Ciudad de México, esa presión ronda los 585 mmHg, frente a los 760 mmHg del nivel del mar.1 Al ser menor la presión total, también lo es la presión parcial de oxígeno, que es la fuerza con la que ese gas pasa de los pulmones a la sangre. En la práctica, el aire inspirado a 2,240 metros aporta alrededor de una cuarta parte menos de oxígeno aprovechable que al nivel del mar.
Ese descenso se refleja en la sangre. Un residente sano de la capital mantiene una saturación de oxígeno cercana al 93%, por debajo del 97% a 98% habitual a baja altitud. El organismo percibe la diferencia en cuestión de minutos y pone en marcha sus mecanismos de compensación.
La primera respuesta del cuerpo
La reacción inmediata corre a cargo de la respiración y el corazón. Unos sensores ubicados en las arterias del cuello, los cuerpos carotídeos, detectan la caída de oxígeno y ordenan respirar más rápido y más profundo, de modo que entre más aire por unidad de tiempo. Al mismo tiempo, la frecuencia cardiaca aumenta para distribuir con mayor rapidez el oxígeno disponible.2
Es una respuesta eficaz, aunque costosa en energía. Mientras el cuerpo depende de ella, la fatiga aparece antes y la recuperación entre esfuerzos intensos se vuelve más lenta. Por eso los primeros días en altura resultan los más exigentes para quien no está habituado.
La adaptación que toma días
Con el paso de los días entra en juego una adaptación más profunda. Cuando los riñones registran que el oxígeno permanece bajo, liberan una hormona llamada eritropoyetina, que estimula a la médula ósea a fabricar más glóbulos rojos.2 Esos glóbulos son los transportistas del oxígeno: cuantos más hay, más oxígeno llega a los músculos con cada latido. A ello se suman mejoras en la red de vasos sanguíneos finos y en la eficiencia con que las células aprovechan el oxígeno.
El proceso no es inmediato. La eritropoyetina se libera en las primeras horas, pero el aumento de glóbulos rojos se desarrolla a lo largo de días y se consolida en semanas.3 De ahí una práctica habitual en el deporte de élite: las selecciones que provienen de baja altitud viajan con antelación y entrenan en la altura para dar al organismo el tiempo que necesita. Quien desciende del avión y compite de inmediato lo hace en desventaja fisiológica.
Hasta el juego cambia
La menor densidad del aire no solo afecta al cuerpo; también modifica el juego. Con menos resistencia, el balón viaja más rápido y se frena menos, lo que altera los pases largos, los tiros lejanos y la lectura de las trayectorias.4 El efecto de la altitud sobre el resultado deportivo se ha estudiado: un análisis publicado en el BMJ, que revisó más de 1,400 partidos internacionales, encontró que los equipos de baja altitud rinden por debajo de lo esperado al enfrentar a rivales en cotas elevadas.5
El papel de la nariz en la adaptación
La adaptación a la altitud empieza antes de que el aire llegue a los pulmones, y ahí la nariz cumple una función que suele pasarse por alto. Es el primer acondicionador del aire que respiramos: lo calienta, lo humidifica y lo filtra antes de que alcance la vía aérea inferior. En altitud, donde el aire tiende a ser más frío y seco, ese trabajo cobra mayor relevancia.
Existe además un mecanismo menos conocido. Los senos paranasales producen de forma continua óxido nítrico, una molécula que se incorpora al aire inspirado con cada respiración por la nariz.6 Al llegar a los pulmones, el óxido nítrico contribuye a mejorar la captación de oxígeno y a relajar la circulación pulmonar, lo que optimiza el encuentro entre el aire y la sangre.7 Respirar por la nariz, en lugar de por la boca, permite aprovechar esa ventaja.
De ahí el interés de mantener despejada la vía aérea superior. Una obstrucción nasal —por una desviación del séptum (la lámina interna que divide la nariz en dos cavidades), congestión persistente o mucosa reseca— obliga a respirar por la boca y resta eficiencia justo cuando cada respiración cuenta más. Resolver esos obstáculos y cuidar la mucosa son medidas que acompañan, desde el área otorrinolaringológica, el proceso de adaptación.
Qué pueden hacer deportistas y aficionados
Algunas medidas sencillas favorecen una mejor adaptación, tanto en quienes compiten como en los aficionados que viajan desde el nivel del mar:
- Llegar con anticipación cuando sea posible, para dar margen a la aclimatación.
- Hidratarse más de lo habitual: el aire seco de la altura aumenta la pérdida de líquido por la respiración.
- Mantener la mucosa nasal húmeda con suero fisiológico, sobre todo si aparece sequedad o costras.
- Atender la congestión y respirar por la nariz siempre que sea posible.
- Consultar ante sangrados nasales repetidos o una obstrucción que no cede: la sequedad de la altura los favorece y tienen solución.
Jugar en la altura pone a prueba la capacidad de adaptación del organismo, una de las más notables de la fisiología humana. Comprender ese proceso, y cuidar la puerta de entrada del aire, ayuda a que la altitud deje de ser un obstáculo y se convierta en un terreno conocido.