El estadio es uno de los pocos lugares donde gritar a todo pulmón se siente obligatorio. Tambores, cornetas, matracas y el rugido colectivo son parte de la fiesta. Pero ese ambiente sonoro tiene un costo que casi nadie nota en el momento: el oído y la voz trabajan al límite, y a veces pagan la cuenta después.
Este artículo explica qué ocurre con la audición y con la voz durante un partido, y qué medidas sencillas permiten disfrutarlo sin consecuencias. Es información educativa y no sustituye una valoración: ante una molestia que no cede, lo prudente es revisarse.
El estadio es más ruidoso de lo que parece
El ruido de una tribuna no es un detalle anecdótico. En los partidos, el sonido de la afición promedia entre 80 y 90 decibeles, ya dentro del rango que los especialistas clasifican como «fuerte» a «extremadamente fuerte»; y en los momentos de euforia los picos suben mucho más, al punto de que una afición llegó a registrar un rugido de 137.6 decibeles, reconocido como récord mundial.1 Para dimensionarlo conviene una referencia: los organismos de salud fijan en 85 decibeles, promediados en ocho horas, el umbral a partir del cual la exposición empieza a ser riesgosa, y por cada 3 decibeles que sube el sonido el tiempo seguro de exposición se reduce a la mitad.2 Llevado al extremo, a 100 decibeles el tiempo recomendado baja a menos de 15 minutos al día.3 Un partido dura noventa.
Un daño silencioso que se acumula
Lo engañoso del daño auditivo por ruido es que rara vez duele y casi nunca aparece de golpe. Los efectos sobre el oído son acumulativos, de modo que quien asiste a partidos con frecuencia está en mayor riesgo, e incluso un solo evento puede bastar para causar daño.4 Un estudio que midió el ruido en estadios concluyó que los niveles son lo bastante altos como para provocar daño auditivo o acúfeno con el tiempo.5
El cuerpo sí da señales, aunque sean discretas. Si al salir del estadio los oídos zumban o los sonidos se perciben apagados o planos, es un aviso de que la exposición fue excesiva. Ese zumbido —el acúfeno— a veces desaparece en horas, pero cuando se vuelve recurrente puede instalarse de forma permanente. El ruido intenso también puede dejar hiperacusia, una sensibilidad aumentada a los sonidos cotidianos.4 Ninguna de estas señales conviene normalizarla como «parte del partido».
El precio de gritar el gol
La voz vive su propia historia esa tarde. Cada grito hace que los pliegues vocales —las cuerdas vocales— choquen entre sí con fuerza y a gran velocidad. El esfuerzo vocal agudo por gritar o vociferar es una causa reconocida de disfonía: ronquera, voz cansada, a veces pérdida de la voz.6
Detrás de esa ronquera hay un mecanismo concreto. Bajo la mucosa de cada pliegue existe una capa gelatinosa, el espacio de Reinke, que vibra para producir el sonido. Cuando esa zona se inflama y se acumula líquido aparece el edema de Reinke: la hinchazón de los pliegues vocales por líquido retenido en ese espacio. Forzar la voz al gritar —lo que se conoce como fonotrauma— es uno de sus factores de riesgo reconocidos.7
Cuándo no conviene esperar
Aquí hay un matiz importante. La ronquera que persiste varias semanas obliga a descartar otras causas y amerita estudio. Pero la disfonía aguda del aficionado —la de después del partido— se beneficia de desinflamar pronto, no de esperar. Si la voz no se recupera en unos días, lo prudente es una revisión para tratar la inflamación a tiempo y evitar que el cuadro se asiente. El manejo de base es sencillo: hidratación, humidificación, reposo de la voz y evitar irritantes.8
Cómo disfrutar sin pagarlo
La buena noticia es que cuidarse no implica vivir el partido a medias:
- Para el oído: usa tapones bien elegidos —los hay que bajan la intensidad sin silenciar el ambiente—, aléjate de bocinas, tambores y cornetas, y dale al oído ratos de descanso.
- Para la voz: hidrátate antes, durante y después; modera el alcohol y la cafeína, que resecan; y dale reposo a la voz al día siguiente en lugar de seguir forzándola.
- Señales para revisarse: zumbido que no cede al día siguiente, sensación de oído tapado u oír apagado, o ronquera que no mejora en unos días.
Disfrutar el torneo y cuidar el oído y la voz no son cosas opuestas. Con estas medidas simples, el único recuerdo del partido debería ser el resultado.